Ámsterdam y Barcelona apuestan por cambiar su modelo turístico

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Redacción Barcelona/ 10 de enero 2017

El ayuntamiento de Ámsterdam aumenta los impuestos turísticos y se llena de pintadas contra las visitas masivas que recibe cada año. La ciudad quiere evitar a los turistas molestos. Por su parte, el consistorio barcelonés está intensificando unas actuaciones que, en todos los casos, van en la misma dirección: que el beneficio del turismo llegue a lugares insospechados no hace mucho tiempo. Son dos ejemplos de ciudades que apuestan en una única dirección: un cambio en el modelo turístico, que desfocalice la llegada de turistas a sus centros turísticos.

Los residentes de Ámsterdam llevan meses pidiendo a las autoridades locales que frenen el flujo constante de personas que llegan a la ciudad para visitar los canales, los coffeeshop, el barrio rojo y los tesoros de sus museos.

Según la oficina de turismo holandesa, al menos 5,2 millones de personas han visitado Ámsterdam durante este año, una cifra desmesurada si se compara con sus apenas 800.000 residentes.

Por un “turismo de calidad”

El municipio ha reaccionado a esas quejas, y ha anunciado subidas de impuestos destinadas a reducir el número de mochileros y juerguistas nocturnos que llegan a la ciudad, y que, según los residentes, son los turistas más molestos. Entre esos tipos de impuestos, está especialmente el porcentaje con el que se queda el ayuntamiento en el sector hotelero.

“Esta medida no solo disuadirá a los turistas de bajo presupuesto sino que también atraerá millones de euros a las arcas de la ciudad”, señala el responsable de Finanzas del Ayuntamiento de Ámsterdam, Udo Kock.

Ámsterdam debe “centrarse en el turismo de calidad”, indica Kock a la prensa, en referencia a las parejas que se alojan en hoteles más caros, que “visitan uno o dos museos por día, y que se van a la cama a una hora razonable”.

Según el municipio, el 28% de las reservas que se hacen cada año son en hoteles económicos y el plan es “utilizar el impuesto del turismo como medida para seleccionar el tipo de visitantes que vienen a la ciudad”, según el regidor municipal. Todos los turistas tendrán que pagar una cantidad fija por noche y un porcentaje añadido que depende del precio de la habitación.

Actualmente, el municipio cobra un 5% de la tarifa de la habitación como impuesto a los propietarios de los hoteles, pero ahora habrá una cantidad mínima fija.

Por ejemplo, si un turista paga ahora 2,50 euros en el impuesto del turismo por una habitación de 50 euros la noche, según el nuevo plan pasará a pagar un mínimo de 10 euros.

A eso habrá que sumarle un porcentaje dependiendo del precio de la habitación, que el municipio no ha señalado aún pero que prevé que dará al ayuntamiento un extra de 4 millones de euros al año a partir de 2017. Esto va a afectar sobre todo a los hoteles más baratos, puesto que no supondrá mucha diferencia para una habitación de 250 euros las noche.

Por su parte, ciudades como Leiden, La Haya o Maastricht están mostrando cada vez más su atractivo cultural e histórico, acogiendo decenas de exposiciones internacionales en sus museos, lo que podría aliviar a una asfixiada Amsterdam, que busca desesperada deshacerse de turistas.

Invertir la tendencia hasta cierto punto natural a la saturación de aquellos destinos imprescindibles no será fácil. Un ejemplo cercano lo encontramos en Barcelona, inmersa en un cambio de modelo que apuesta por reducir el impacto del turismo de masas en algunos puntos de la ciudad.

“Queremos que haya un retorno social de la tasa porque mejora el espacio público en zonas de gran afluencia, pero también ayuda a poner en valor y difundir otros espacios de la ciudad, a descentralizar el turismo en Barcelona”, explica el concejal de Turismo, Agustí Colom.

“Las cifras de afluencia turística –añade Colom– muestran la gran capacidad de atracción de la ciudad, al tiempo que revela la dimensión del impacto del turismo sobre el territorio y las posibles tensiones con los vecinos y vecinas que habitan en las zonas de mayor afluencia. El objetivo es limitar el impacto negativo, gobernar el turismo, que es un gran activo para Barcelona, y alinearlo con los intereses de la ciudad, haciéndolo sostenible”.

En cierto modo se trata de invertir una tendencia que está en el origen de algunos de los males de masificación que aquejan al turismo barcelonés.

Sabido es que la saturación de algunos barrios de la ciudad es consecuencia no sólo de la gran presencia de visitantes que se alojan en la propia ciudad sino también de los llamados excursionistas, turistas de un día o de unas horas que no pueden prescindir de la visita contra reloj a tres, cuatro, a lo sumo cinco puntos de interés de la capital catalana.

El programa Barcelona és molt més viaja en el sentido opuesto, de la capital hacia su entorno (incluso fuera de la provincia), con propuestas tan diversas como una salida en globo por la comarca de Osona, ofertas de enoturismo en el Penedès o el Priorat o termalismo en Caldes d’Estrac.

 

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