Economía colaborativa… ¿quién dijo miedo?

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El miedo al cambio es inherente al ser humano, pero todos sabemos que el inmovilismo lleva al desgaste de cualquier negocio. Con lo cual, grandes y pequeñas empresas nos encontramos en el mismo callejón sin salida que acompaña a la evolución de las especies: adaptación o muerte. Por otro lado, el ocio en general y el sector turístico en particular es uno de los sectores más permeables a los cambios de la sociedad que lo consume. Por eso, luchar contra la economía colaborativa es una batalla perdida y el mayor peligro, en realidad, sería no saber evolucionar al ritmo de un entorno en transformación. Ello no quita que incluso la revolución más radical requiera de cauces que eviten un crecimiento descontrolado, pero es poco probable que este camino que han iniciado nuestros clientes desaparezca debido a la ausencia de un marco legal. Con lo cual, os adelanto la conclusión que pretendo trasladar al final de este artículo y es que, una vez más,  prefiero entrever una escala de grises en una polémica que ya cuenta con muchas lecturas en blanco y negro. Y ahora…analicemos dicha polémica.

En Barcelona, el Ayuntamiento ha tomado medidas ante el clamor popular de barrios como Barceloneta, Sagrada Familia y Poble Nou

Según el Instituto Tecnológico de Masschusetts (MIT) se calcula que la economía colaborativa tiene un potencial de 110.000 millones de dólares, unos 82.000 millones de euros. Pero no es oro todo lo que reluce. En Barcelona, el Ayuntamiento ha tomado medidas ante el clamor popular de barrios como Barceloneta, Sagrada Familia y Poble Nou. Se amenaza a Airbnb y otras empresas similares con sanciones de hasta 600.000 euros y se publicita a bombo y platillo que se van a cerrar 256 pisos turísticos ilegales, que se sumarían a los 500 que ya se cerraron en 2015. Asimismo, multas de hasta 30.000 euros recaerán sobre particulares que alquilen pisos sin licencia o en aquellos casos en los que, a pesar de contar con ella, se ocasionen graves molestias a los vecinos.

Por su parte, en turismo rural hemos detectado que el 56% de los propietarios de alojamientos rurales consideran la oferta ilegal como su principal problema. Según los datos recogidos en el estudio del Observatorio del Turismo Rural, ésta ha sido una de sus máximas inquietudes en los últimos años, pasando por encima de cuestiones como la estacionalidad (55,2%) y el exceso de oferta (51,4%). Ante estas cifras siempre me planteo si en realidad todo está ligado porque, supuestamente, si hay demasiada oferta y ésta opera al margen de la ley, el problema de la estacionalidad debería agravarse ¿verdad?. Pues quizá tampoco sea del todo así. Quizá habría que preguntarse por qué afecta tanto la competencia desleal al sector. ¿Mi negocio iría realmente mejor si todos fuésemos legales?, ¿o simplemente me preocupa la competencia en sí misma (sea legal o no) porque no soy competitivo? Y sobre todo, ¿qué se considera exactamente exceso de oferta?, ¿todavía hay quién piensa que cuantos menos alojamientos existan a su alrededor mejor le irá al suyo?

La economía colaborativa nos brinda una gran oportunidad para mejorar en torno a cuatro aspectos clave: la especialización, la vinculación con el entorno, la excelencia en la atención al cliente, y la adecuada gestión de la reputación online.

Estas preguntas incómodas que expongo no me hacen partidaria de la ilegalidad, ni mucho menos. De hecho, Escapadarural.com sigue una política muy clara respecto a los alojamientos que publicita en su portal y todos ellos deben estar registrados en Turismo. Esta decisión nos ha llevado incluso a renunciar a suculentos beneficios, pero se trata de una medida con la que pretendemos ofrecer las garantías mínimas a los usuarios de nuestro buscador. Es decir, que nos permite presentarles un tipo de establecimientos que actúan conforme a una legislación, bajo la cual el cliente puede ampararse. Sin embargo, somos conscientes de que estas normativas muchas veces están obsoletas o incorporan unos trámites especialmente complejos para que los empresarios puedan ejercer su actividad adecuadamente.

En cualquier caso, la hipotética ventaja con la que podrían jugar los ilegales son estancias a precio de derribo, gracias a esos ingresos en B. Sin embargo, si de verdad ése es el quid de la cuestión, ¿no deberíamos centrarnos en cómo conseguir que vender más barato no sea la supuesta clave del éxito?

Ciertamente, la economía colaborativa surge de un movimiento social bajo el lema “comparte, no poseas”, así que hay otras muchas conclusiones que extraer al respecto:

  • Compartir va muy ligado a la idea de una estancia más personal, por lo que la fórmula del “café para todos” queda desfasada. Es importante apostar y arriesgar en la segmentación de clientes.
  • El cliente es el epicentro y se facilita al turista la integración en el destino. Sin embargo, eso es algo que cualquier establecimiento puede ofrecer a sus huéspedes si observa su entorno y aplica algunas ideas creativas para vincular al visitante con el local.
  • La figura del anfitrión cobra importancia. Y, precisamente, en turismo rural se juega con una situación de ventaja al respecto, puesto que los propietarios también acogen a los viajeros en sus propias casas. El turismo urbano y vacacional lo tiene más difícil en ese sentido, pero cadenas como Room Mate ya hace tiempo que juegan con ese código de cercanía con el cliente.
  • El nivel de confianza es superior cuando se trata de personas en lugar de empresas. En un hotel la clasificación por estrellas permite que todos sepamos qué nos vamos a encontrar, en turismo rural la categorización aún es una asignatura pendiente. En el P2P la confianza se gana al margen de códigos o símbolos porque lo que funciona son las reviews.

En resumen, la economía colaborativa nos brinda una gran oportunidad para mejorar en torno a cuatro aspectos clave: la especialización, la vinculación con el entorno, la excelencia en la atención al cliente, y la adecuada gestión de la reputación online. Llegó el momento de canjear temores por una buena dosis de ambición en el panorama turístico. ¿Quién dijo miedo?

 

 

 

 

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