¿Por qué triunfan o fracasan las asociaciones profesionales de turismo rural?

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El asociacionismo en el sector del turismo rural en España es el eterno tema de debate en los congresos profesionales y a lo largo de las pasadas ediciones de nuestro congreso COETUR ya lo hemos venido analizando. ¿Qué objetivos tendrían que marcarse las asociaciones? ¿Qué esperan los asociados de ellas? ¿Quién debería tener cabida en ellas? Son preguntas que continúan en el aire, ya que ninguna persona involucrada ha dado con la tecla correcta para triunfar y que la conformidad sea unánime.

Además, estas problemáticas coinciden con las aquellas a las que se enfrentan en la mayoría de asociaciones fuera del ámbito rural, por lo que seguramente este artículo conecte con muchos profesionales de otros ámbitos.

El dicho popular de que la unión hace la fuerza debería materializarse en un tejido asociativo sólido, que respalde una interlocución público-privada apropiada, pero no siempre es así. De hecho, el índice de asociacionismo a nivel nacional es bastante bajo ya que, según reflejan los últimos datos del Observatorio del Turismo Rural, menos de la mitad de propietarios (42,7%) de alojamientos rurales están vinculados a una de estas entidades. A nivel autonómico, la comunidad que registra un mayor asociacionismo es el País Vasco, con un 77,6%, y la que menos Madrid, con un 22,9%. Estos resultados no son sorprendentes si tenemos en cuenta que en el primer caso encontramos a Nekatur (Asociación de Agroturismos y Casas Rurales de Euskadi), una sólida entidad que lleva funcionando desde 1991 y que actualmente cuenta con 265 miembros. Por otro lado, en la comunidad madrileña no hay una asociación específica de turismo rural, sino varias organizaciones de empresarios (MIREVEM-Asociación Empresarios Sierra del Rincón-, ADESGAM-Asociación de Desarrollo Sierra de Guadarrama…). Sin embargo, cabe señalar que algunas de ellas están desempeñando una gran labor y que, pese a encontrarse en una de las regiones con menor oferta de alojamientos rurales, se han convertido en un referente al que la Dirección General de Turismo tiene en cuenta en su toma de decisiones.

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 Este panorama nos hace pensar que existe cierta desconfianza o desencanto en relación a las asociaciones españolas y probablemente uno de los principales motivos es que no está demasiado claro qué se puede esperar de ellas. La mayoría de empresarios se afilian a estas entidades para conseguir reservas, según indican también los resultados de la encuesta del Observatorio del Turismo Rural. Si bien hay algunas que, además de otras tareas, llevan a cabo esta función de manera exitosa (como Turismo Verde Huesca), lo cierto es que las funciones más propias de una asociación de turismo rural deberían ser otras: la representación y defensa del sector, el asesoramiento en temas laborales, fiscales, etc, actuar como lobby frente a la administración o impartir formación para sus asociados. En esta línea, hay más entidades que también han perseguido este tipo de objetivos, como Asetur (Asociación española de turismo rural) y su proyecto de homogeneización con la clasificación por espigas, que según la encuesta del Observatorio del Turismo Rural de 2013 contaba con el favor de un 54% de propietarios, que lo consideraban como el símbolo más adecuado para la oferta de casas rurales. Sin embargo, desde la mayoría de administraciones autonómicas se optó finalmente por la estrella verde. Este es un tema respecto al cual sigue vigente el debate,  puesto que hay comunidades que no han implementado este sistema, pero no voy a profundizar más en el mismo puesto que es una cuestión que merece un análisis profundo en otro artículo.

Volviendo a la cuestión del asociacionismo, los otros argumentos con los que los empresarios del sector justifican su baja vinculación es que estas agrupaciones están anticuadas, no cumplen sus expectativas, los beneficios son escasos y la comunicación es poco fluida.

También en este caso encontramos grandes exponentes de todo lo contrario, como Acaltur (Federación de Turismo Rural de Castilla y León)  y Fegatur (Federación Gallega de Turismo Rural), que gracias a unos representantes activos y profesionales  abanderan proyectos tras los cuales hay mucho esfuerzo e implicación.

Y es que los tiempos han cambiado. Las nuevas tecnologías han irrumpido con fuerza en todos los ámbitos y el poco activismo provoca que las asociaciones necesiten una reconversión. Los objetivos se reconducen y el modelo de sociedad y de cliente varía. Es necesario hacer un cambio y reinventarse. Talleres, charlas, reuniones de networking, entre otras muchas acciones, son necesarias para demostrar que hay un trabajo detrás de cada asociación. Estar en continuo movimiento es primordial para no crear desconfianza y ser capaces de trabajar en equipo.

Y tan importante como la adaptación a los nuevos tiempos es el reto de abandonar el espíritu individualista. Crear sinergias y trabajar juntos en una misma dirección ayuda a promocionar el destino, da visibilidad a los negocios y beneficia a todos los entes que conforman este sector. Además, la capacidad de trabajar esas sinergias se convierte en la principal herramienta para mostrar a la administración pública el poder y emprendimiento del sector. La asociación debería ser considerada el interlocutor válido con dichas administraciones y la pieza clave para definir productos y servicios. En definitiva, su voz debería escucharse en todas las iniciativas público-privadas, como es el caso de la presencia de Turalcat (Confederación del turismo rural y agroturismo en Cataluña) en la Taula d’Ecoturisme de la Generalitat de Catalunya.

Por último quiero mencionar como parte de esas sinergias son posibles gracias a un carácter inclusivo y no exclusivo. Es decir, que la renovación de las asociaciones debería considerar también la posibilidad de dar cabida todos los que conforman la cadena de valor del turismo (taxistas, restaurantes, empresas de turismo activo…).

Todos ellos, juntos, son los auténticos embajadores del destino y los que generan consumo en el territorio.

En conclusión, está claro que para que una asociación sobreviva y/o funcione tiene que haber cohesión entre sus miembros y también es imprescindible contar con personas que la lideren. Asimismo, es necesario que los primeros se impliquen en los proyectos colectivos como si fueran propios y los segundos conecten con las prioridades del conjunto. Pero como siempre me gusta dotar de un carácter positivo a mis reflexiones, prefiero enfatizar la labor de aquellos que forman parte del tejido asociativo y cuyo esfuerzo, más allá de los resultados, merece nuestro reconocimiento. En este artículo he citado a algunas de dichas entidades, pero me dejo muchas en el tintero, puesto que son todas las que están pero no están todas las que son.

 

 

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